A comienzos de los años sesenta, cuando la psiquiatría académica todavía miraba con recelo a las plantas visionarias, un médico chileno decidió estudiarlas como se estudia cualquier sustancia con efectos sobre la mente. Claudio Naranjo (1932–2019) viajó al Putumayo colombiano en busca de la ayahuasca —o yagé, como se la conoce en esa zona— y regresó con plantas, relatos y el material que daría inicio a una de las primeras investigaciones clínicas sobre sus alcaloides. La historia de ese viaje cuenta bastante sobre cómo la ciencia occidental empezó a acercarse a la ayahuasca.
Un psiquiatra formado entre Santiago y Berkeley
Naranjo se formó como psiquiatra en Chile y continuó su recorrido en Estados Unidos, sobre todo en Berkeley, donde fue becario Guggenheim en el Institute of Personality Assessment and Research de la Universidad de California. Lo suyo no era curiosidad recreativa. Quería tomar las plantas que su propia disciplina ignoraba, o directamente temía, y llevarlas al terreno del estudio clínico.
El impulso concreto llegó casi por casualidad. Cerca del final de su temporada en Harvard, Naranjo visitó una exposición del Museo Botánico de la universidad. Entre las vitrinas había una fotografía de indígenas y un apartado sobre las plantas narcóticas sudamericanas que lo llevó directo hasta el autor de aquel texto: Richard Evans Schultes, el botánico considerado uno de los fundadores de la etnobotánica moderna. Schultes lo animó a estudiar los efectos psicológicos de los alcaloides del yagé y le facilitó contactos entre quienes le proveían plantas. De esa conversación nació la idea de una expedición propia.
El viaje al Putumayo tras la ayahuasca
Con los nombres que le dio Schultes, Naranjo apuntó a los indios cofán del Putumayo. Antes de partir sumó una charla con el antropólogo Michael Harner, que había conocido la ayahuasca entre pueblos de Ecuador y Perú y podía darle consejos prácticos: qué calzado usar contra las serpientes, si convenía llevar armas —no— y qué objetos servían para el trueque.
Ahí apareció el verdadero desafío. Naranjo tenía poco tiempo y ninguna vía rápida para ganarse la confianza de los curanderos. ¿Cómo pedir acceso a una planta sagrada sin que su interés pareciera una profanación, o apenas una compra? Los cuchillos y utensilios de hierro que le habían recomendado como regalos no bastaban para cerrar esa distancia.
Un intercambio entre medicinas
Naranjo se presentó ante los cofán como «médico» —la misma palabra con la que los chamanes se nombraban a sí mismos al hablar por medio de intérpretes—, llegado de un país lejano. Y no fue con las manos vacías ni con baratijas: llevó su propia medicina para ponerla junto a la de ellos. En su equipaje viajaba una colección de pequeños dibujos que él mismo había hecho —el sol, la luna, animales, huesos— sobre papel secante, luego impregnado con LSD en dosis de entre 25 y 100 microgramos según el motivo, y recortado en trozos lo bastante chicos como para ponerlos en la boca.
El gesto tiene un fondo que va más allá de lo práctico. Un médico occidental llegaba con la sustancia más potente de la psicodelia de laboratorio para ofrecerla, con respeto, a los médicos de otro pueblo, y recibir a cambio la suya. No se trataba de quitar ni de extraer, sino de reconocer al otro como un igual y proponer un intercambio entre medicinas. Los papeles con LSD funcionaron como pasaporte y como moneda —más aceptable que ollas y cacerolas—, y su efecto convenció a los cofán, que a cambio le entregaron las lianas del yagé y la receta para prepararlo.
El viaje dejó también escenas que Naranjo recordaría toda la vida. Una noche en Bogotá, antes de tomar el autobús hacia el sur, pasó horas despierto mientras su cuerpo dormía, consciente solo de su propia existencia. Ya en la selva, un taita cofán llamado Anselmo lo llevó hasta una planta de yagé y, al acercarse, lanzó su cuchillo para cortar en dos una serpiente de coral que se arrimaba a su tobillo. Según le explicó, esa serpiente era la guardiana de la planta.
La investigación con harmalina
Naranjo volvió con varios kilos de material: ejemplares botánicos de distintas especies de Banisteriopsis —entre ellas caapi y rusbyana— que hoy se conservan en el herbario de la Universidad de Harvard y en el Instituto de Ciencias Naturales de Bogotá. Pero su interés no se detenía en la planta como objeto. De regreso en Santiago, corrió el foco hacia los alcaloides.
Dudaba de que la sustancia responsable de los efectos de la ayahuasca fuera la harmina, como se afirmaba entonces, y terminó concentrándose en una comparación entre dos compuestos: la harmalina —un beta-carbolina emparentado con la harmina— y la mescalina, un psicodélico que la ciencia ya conocía y estudiaba desde fines del siglo XIX y que funcionaba como punto de referencia frente al alcaloide, mucho menos explorado, de la ayahuasca. Un reportaje del San Francisco Sunday Chronicle de mayo de 1965 recogió parte de ese trabajo: Naranjo, ligado por entonces a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile y a Berkeley, había administrado la bebida a un grupo de voluntarios chilenos —veintidós, según la nota— alrededor del año anterior. Entre los efectos que describió aparecían una visión más aguda en la oscuridad, sonidos parecidos al agua corriendo, la sensación de volar o de convertirse en ave, encuentros con grandes felinos y una intensa vivencia de la propia muerte o de la separación entre el cuerpo y algo semejante a un alma.
Más que un fármaco: la ayahuasca en la psicoterapia
Lo que distingue el trabajo de Naranjo es que nunca trató a la ayahuasca ni a la harmalina como un fármaco aislado, un efecto para observar y medir. Le interesaba lo que la sustancia podía abrir dentro de un proceso. La integró a la psicoterapia, donde parecía acelerar y profundizar el trabajo, acercando en pocas sesiones material que de otro modo podía tardar mucho más en emerger. Entender las plantas y sus alcaloides como aliados de un proceso psicológico, y no como un fin en sí mismos, es una de sus contribuciones más duraderas.
En Anaconda nos formamos durante más de veinte años con él, y sigue siendo la principal influencia en nuestra manera de trabajar.
Fuente: Exploraciones psicodélicas – Claudio Naranjo. Conversaciones personales con Claudio Naranjo.
