Los psicoplastógenos abren una pregunta cada vez más presente en el campo de las terapias asistidas con psicodélicos: ¿sería posible conservar los efectos terapéuticos sin atravesar el viaje psicodélico? La pregunta aparece porque una sesión psicodélica no siempre es fácil de administrar, medir o estandarizar: puede durar varias horas, requerir preparación, acompañamiento especializado, un entorno cuidado y un trabajo posterior de integración.
La pregunta no es menor. Abre una discusión científica, clínica y ética sobre qué parte del proceso produce el cambio: la sustancia, la plasticidad cerebral, la experiencia subjetiva, el acompañamiento, la integración posterior o una combinación de todo eso.
Psicoplastógenos: por qué despiertan tanto interés
Los psicoplastógenos son sustancias estudiadas por su capacidad de promover plasticidad cerebral. Es decir, por su posible efecto sobre la capacidad del sistema nervioso para modificarse, reorganizarse y volver más flexibles ciertos patrones.
El atractivo es comprensible. Un efecto terapéutico sin horas de experiencia intensa sería más simple de administrar, más fácil de investigar y más sencillo de incorporar en marcos médicos tradicionales. También podría abrir alternativas para personas que no pueden o no deberían atravesar un estado alterado profundo.
En ese sentido, investigar psicoplastógenos es una línea legítima. Puede tener usos reales y merece ser mirada con seriedad.
El problema aparece cuando la comodidad del dispositivo empieza a confundirse con la dirección del tratamiento. Que algo sea más fácil de administrar no significa, por sí solo, que conserve todo lo que hace valioso a un proceso.
Psicoplastógenos, plasticidad cerebral y experiencia psicodélica
Una parte del debate se volvió más visible a partir de investigaciones que estudian si la plasticidad y la experiencia psicodélica podrían ser mecanismos separables.
En modelos preclínicos, se observó una vía de plasticidad vinculada al receptor TrkB, relacionado con BDNF, que podría actuar de manera independiente del receptor 5-HT2A, el receptor serotoninérgico más asociado a los efectos psicodélicos clásicos. Dicho de manera simple: una cosa sería promover plasticidad cerebral y otra inducir el estado alterado de conciencia.
Ese hallazgo vuelve legítima la pregunta. Tal vez no todo el efecto terapéutico dependa del viaje. Tal vez algunas vías biológicas puedan activarse sin una experiencia psicodélica intensa.
Pero una ventana de plasticidad no determina, por sí sola, qué entra por ella.
Algunos ejemplos actuales
Actualmente, existen muchas líneas de investigación que buscan separar, al menos parcialmente, la plasticidad de la experiencia psicodélica.
Un ejemplo reciente es JRT, un análogo del LSD diseñado a partir de una modificación mínima en su estructura: la transposición de dos átomos. En estudios preclínicos, esta modificación redujo su potencial alucinógeno y conservó propiedades asociadas a plasticidad neuronal. Todavía no se trata de una herramienta clínica disponible, pero muestra hacia dónde apunta parte de la investigación actual: conservar ciertos efectos terapéuticos sin inducir una experiencia psicodélica intensa.
También hay antecedentes clínicos que ayudan a pensar el tema desde otro ángulo, como el uso de ketamina y esketamina en depresión resistente. En el caso de la esketamina, su administración requiere supervisión profesional y monitoreo posterior, pero eso no equivale necesariamente a un proceso psicoterapéutico con preparación, acompañamiento durante la experiencia e integración.
Estos ejemplos no son equivalentes entre sí, pero señalan una misma tensión: qué lugar ocupa la experiencia subjetiva cuando el sistema busca tratamientos más simples de administrar, medir y escalar.
Lo que entra por esa ventana
La plasticidad puede abrir una posibilidad: un período de mayor maleabilidad, en el que ciertos patrones se vuelven menos rígidos y más disponibles al cambio. Pero que algo pueda cambiar no significa que vaya a hacerlo en una dirección terapéutica.
Ahí la experiencia vuelve a tener peso.
Lo que una persona siente, atraviesa, recuerda o comprende durante una experiencia psicodélica puede darle forma a esa apertura. Una emoción, una imagen, una memoria corporal, una escena, una sensación de conexión o una comprensión sobre la propia vida pueden convertirse en material de trabajo.
No porque toda experiencia sea automáticamente sanadora. No porque el viaje tenga valor por sí mismo, aislado del contexto. Sino porque, en condiciones cuidadas, lo vivido puede ofrecer contenido, dirección y sentido para el proceso posterior.
Desde esta mirada, la experiencia psicodélica no sería solo un efecto secundario incómodo de la sustancia. Podría ser una parte activa del tratamiento.
El riesgo de descartar demasiado rápido
Para algunas personas, saltarse el viaje puede ser necesario. Hay situaciones clínicas en las que un estado alterado intenso puede ser riesgoso, desorganizante o directamente no indicado. En esos casos, una herramienta que promueva plasticidad sin inducir una experiencia psicodélica profunda podría tener un lugar muy valioso.
La objeción, entonces, no es a los psicoplastógenos.
La pregunta es qué sucede si empezamos a descartar la experiencia por defecto, no porque la evidencia lo indique, sino porque es difícil de acompañar. Acompañar un viaje requiere tiempo, formación, presencia, criterio clínico y dispositivos capaces de sostener estados no ordinarios de conciencia.
Es más complejo que administrar una sustancia y esperar un efecto. Pero esa complejidad no debería ser motivo suficiente para dejar de investigar, cuidar y comprender el lugar de la experiencia.
Acompañar también forma parte del tratamiento
El debate no tiene por qué plantearse como una oposición entre biología y experiencia. Probablemente estemos hablando de dimensiones distintas de un mismo proceso.
La sustancia puede abrir una vía biológica. La plasticidad puede ofrecer una ventana de mayor maleabilidad. La experiencia puede darle forma y dirección. La integración puede ayudar a traducir lo vivido en cambios concretos en la vida cotidiana.
Separar estas dimensiones puede ser útil para investigar. Pero en la clínica, y en la vida subjetiva de una persona, muchas veces aparecen entrelazadas.
Por eso, sería una pérdida que la conveniencia —y no la evidencia— decidiera descartar la experiencia solo porque es difícil de acompañar.
Psicoplastógenos: una conversación abierta
Los psicoplastógenos pueden ocupar un lugar importante en el futuro de los tratamientos. Pueden ampliar posibilidades, reducir riesgos en ciertos casos y ayudar a comprender mejor qué mecanismos participan en los efectos terapéuticos de los psicodélicos.
Pero saltarse el viaje psicodélico no debería convertirse en una respuesta automática.
La pregunta no es si toda persona necesita atravesar una experiencia intensa para que haya transformación. La pregunta es cuándo esa experiencia aporta algo que no conviene descartar demasiado rápido.
Quizás el desafío no sea elegir entre molécula o experiencia, sino comprender mejor qué necesita cada persona, en qué momento y bajo qué condiciones.
Referencias
Moliner R, Girych M, Brunello CA, et al. Psychedelics promote plasticity by directly binding to BDNF receptor TrkB. Nature Neuroscience. 2023;26:1032–1041
Hatzipantelis CJ, Olson DE, et al. Molecular design of a therapeutic LSD analogue with reduced hallucinogenic potential. PNAS. 2025
